El tiempo pasa rápido sin que intentemos darnos cuenta. Hace un año que partió de este tiempo terrenal, Guillermo Linero Castro. Y a pesar del tiempo transcurrido, aún parece que está ahí, donde siempre, en su muladar leyendo, investigando, a veces sin sopesar lo que después su lengua dijera a sus interlocutores. Así era él, intentando mejorar su empresa. Alguna vez pensó en tener una artillería del pensamiento y lo logró. Alguna vez soñó con tener una radio y lo logró. Alguna vez pensó en tener un medio de comunicación digital y lo logró. Alguna vez tuvo la idea de tener un canal de TV y casi lo logra. El tiempo y las circunstancias no le permitieron esa otra hazaña. Eso no fue óbice para que dejara un legado que mantienen, pese a todos los sinsabores, su hijo Guillermo Eloy y su nieto Guillermo Arturo quienes siguen la trilogía esperanzadora del bien, manteniendo la fe intacta, que el porvenir que se aproxima sea el mejor, no sólo para ellos, sino para todos. Quizás ese sea el mejor homenaje ante la ausencia del líder que hace 365 días y un poco más se fue.
Y no es rima solamente, es la verdad incólume decir que no se fue, que está ahí, en ese espacio donde reposa su rotativa, sus sueños de mejorar en tiempos difíciles, que la crisis sea el motor para mejorar, porque de eso se trataba en momentos en los que la zafia nos decía que Venezuela era insoportable y los veremos volver como cantaba Gustavo y cosas de la vida, todo resultó como lo decía Guillermo, sin duda más sabe el diablo por viejo que por diablo.
Y volveremos a recordarlo al segundo año, pero no por las letras que se escriban solas, sino porque cada día, mientras exista un sueño revolucionario, un sueño atemperado por ilusiones de un mundo mejor, ahí estará Guillermo Linero, como un Quijote que, junto con su Rosinante, libraran duras batallas por ser mejor cada día. Que así sea.

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