En mi país, Venezuela, la vida se ha convertido en una batalla constante. No hablo de una guerra con ejércitos ni de conflictos lejanos que solo vemos en las noticias. Hablo de esa guerra silenciosa que libramos cada día, la que no aparece en los titulares pero que se siente en cada hogar, en cada calle, en cada corazón venezolano.
*El conflicto con la luz y el agua*
Cada vez que se va la luz, no solo se apaga un bombillo. Se apaga la posibilidad de conservar los alimentos, de estudiar, de trabajar, de descansar. El sonido del ventilador se detiene y el calor se vuelve insoportable. Los niños no pueden hacer las tareas, los médicos no pueden atender emergencias, los pequeños comercios pierden lo poco que tienen. Y cuando vuelve, viene con ese sobresalto, ese miedo de que se vaya otra vez. Vivimos pendientes del apagón, contando las horas, rezando para que no ocurra en el peor momento. La luz se ha vuelto un lujo, un privilegio intermitente que nos recuerda lo frágil que es todo.
Y lo peor no es solo que se vaya, sino que se va sin avisar. Cortan la luz por seis horas, a veces más, y nadie dice nada. No hay un anuncio, no hay una explicación, no hay un horario. Uno tiene que adivinar: ¿es un corte programado? ¿es una falla? ¿se dañó algo? ¿volverá pronto o toca esperar hasta quién sabe cuándo? Esa incertidumbre desespera. No saber si preparar la comida ahora o esperar, si cargar el teléfono o aguantar, si quedarse despierto o rendirse al calor. La falta de aviso convierte cada apagón en una sorpresa amarga, en una ruleta rusa que jugamos todos los días.
Y a eso se suma algo que muchos no ven venir: el sistema de agua también trabaja con corriente. Cuando se va la luz, se va el agua. Las bombas se apagan, los tanques dejan de llenarse, y el agua empieza a escasear. Ya no es solo quedarse a oscuras: es quedarse sin poder bañarse, sin poder cocinar, sin poder lavar, sin poder tomar un vaso de agua tranquilo. La escasez de agua se ha vuelto una sombra que sigue a la escasez de luz. Y otra vez, sin aviso, sin explicación, sin saber cuándo volverá. Uno abre la llave y no sale nada, y ahí empieza la angustia de nuevo: ¿cuándo llegará? ¿tendré suficiente? ¿y si se va otra vez? La luz y el agua se han convertido en un mismo conflicto, en una misma pelea diaria que nos obliga a vivir con el corazón en un puño.
*El conflicto con el salario*
¿Cómo se puede vivir con un salario que no alcanza ni para lo básico? Esa es la pregunta que millones de venezolanos nos hacemos cada día. El dinero se evapora entre las manos. Lo que ayer costaba una cantidad, hoy cuesta el doble. El sueldo se convierte en polvo, en una broma cruel. Los profesionales, los obreros, los maestros, los médicos... todos hemos visto cómo nuestro esfuerzo se devalúa. Trabajamos para sobrevivir, no para vivir. Y en medio de esa lucha, la esperanza se sostiene con hilos muy delgados: un bono, una remesa, un trabajo extra, cualquier cosa que estire un poco más el milagro de llegar a fin de mes.
*El conflicto con las autoridades*
Se supone que las autoridades están para protegernos, para darnos seguridad, para cuidar de nosotros. Pero muchos venezolanos piensan lo contrario. Más de uno siente que quien debería cuidarlo es quien lo intimida, quien lo mira con sospecha, quien le pide algo que no debe. La desconfianza se ha instalado en la calle, en el barrio, en la conversación cotidiana. En lugar de sentirnos respaldados, sentimos que debemos andar con cuidado, midiendo lo que decimos, lo que hacemos, adónde vamos. Esa contradicción duele: saber que quienes tienen el deber de proteger son, para muchos, la razón del miedo.
Pero hay que ser justos: son muchos los que están para cumplir con su deber, los que hacen su trabajo con honestidad, los que arriesgan su vida por cuidar a los demás y no reciben nada a cambio. Son esos hombres y mujeres que sí creen en su labor, que sí sirven al pueblo, que sí dan la cara. El problema es que unos pocos hacen que todo se vea distinto. Unos pocos manchan lo que muchos construyen con esfuerzo. Y ese contraste es el que duele, el que genera la desconfianza, el que hace que el pueblo mire con recelo a quien debería mirar con respeto.
Y a eso hay que sumarle el constante bombardeo de las redes sociales. Todo el día, todos los días, imágenes, videos, noticias, comentarios que alimentan el miedo, la rabia, la incertidumbre. Un video que muestra lo peor, un comentario que generaliza, una noticia que estremece. Las redes se han convertido en un eco interminable de lo negativo, en un recordatorio constante de que algo anda mal. Y aunque también hay espacio para lo bueno, para lo solidario, para lo esperanzador, lo que más retumba es el ruido del conflicto. Ese bombardeo constante no solo informa: también desgasta, también confunde, también siembra esa desconfianza que termina salpicando a todos, incluso a los que cumplen.
Y así, entre la inseguridad que no cesa, la desconfianza que crece y el ruido de las redes que no para, el pueblo aprende a cuidarse solo, a protegerse entre vecinos, a sobrevivir sin esperar demasiado de quienes deberían estar de su lado.
*El conflicto del día a día*
Pero hay un conflicto que envuelve a todos los demás: el simple hecho de existir en Venezuela. Es el conflicto de despertar y no saber si habrá agua, si habrá transporte, si podrás llegar a tu destino. Es el conflicto de ver a tus hijos crecer en medio de la escasez. Es el conflicto de despedir a un familiar que emigra, de quedarte con el abrazo vacío y el corazón partido. Es el conflicto de amar a tu tierra con todo el alma y, al mismo tiempo, sentir que ella te empuja hacia afuera.
*Un pueblo que resiste pero que sonríe*
Y aun así, aquí estamos. Con luz o sin luz, con agua o sin ella, con salario o sin él, con un día a día que pesa como una losa, seguimos de pie. Y no solo seguimos de pie: seguimos riendo. Porque el venezolano se ríe siempre, a pesar de todo. La risa no es un accidente en nuestra vida, es una forma de resistencia. Nos reímos en la cola, en el autobús, en la casa, en la calle. Nos reímos con el vecino, con el amigo, con el desconocido. La alegría se ha vuelto nuestra bandera, nuestro escudo, nuestra manera de decirle a la vida que no nos va a vencer. Compartimos lo poco que tenemos, inventamos soluciones donde parece no haberlas, y lo hacemos con una sonrisa que no es fingida: es genuina, es nuestra, es venezolana.
Este escrito no es un lamento. Es un testimonio. Es la voz de un pueblo que, entre tantos conflictos, no ha perdido la dignidad ni la alegría. Es el retrato de una Venezuela que duele, sí, pero que también resiste, que también ríe, que también sueña, que también espera. Porque a pesar de todo, seguimos aquí, escribiendo nuestra historia con las manos cansadas pero el corazón firme y la risa a flor de piel.
Venezuela no es un país en crisis. Es un pueblo en lucha. Y mientras haya vida, habrá esperanza. Y mientras haya venezolanos, habrá risas y experiencias.

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